El poder del «sí, mi amor»

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No se han pronunciado nunca palabras tan neutralizantes como “Sí, mi amor, tienes razón”. No existe en el lenguaje oral una mejor manera de apagar la furia de un alma ahogada de reclamos –con o sin fundamentos- que con la condescendencia de quien los recibe.

Se podría fácilmente atribuir este tipo de reacciones a personas apacibles, de temple paciente y razonamiento comprensivo, y puede que sí, puede que aquellos mansos seres no tengan otra función en la vida que dejarse dominar. Pero ocurre también que detrás de tan bárbaro nivel de aceptación hay oculta una cuota aún mayor de inteligencia.

Inteligencia, sí, inteligencia. ¿Y a quien se le reconoce en buena parte este atributo? A los hombres. A ellos, las astutas criaturas que ante una novia histérica por no haberle contestado las llamadas del día anterior sueltan las irritantes e irónicamente alentadoras palabras “Sí, mi amor, tienes razón”.

Son como un analgésico que entra suavemente por el oído para aliviar de un tris el huracán que conmociona al cuerpo. Aunque atentos: el uso abusivo de esta técnica es capaz de revertir los efectos (imagínese a una mujer doblemente histérica ante la aparente indiferencia de su pareja).

Sucede, pues, que, en ocasiones, eludir el conflicto es la opción más conveniente porque o no se tienen los argumentos justos para enfrentar la discusión o no se conserva ni un ápice de interés en desperdiciar energía en una batalla que bien puede frustrarse solo con un par de palabras. Pero, como todo discurso, el “Sí, mi amor” se desgasta. Su verdadero poder radica en el uso pertinente y limitado.

MARLYN

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